jueves, 26 de junio de 2014

El accidente



Consciente de que sus habilidades, dentro del turbulento universo del “bricolaje”, apenas sobrepasaban la simple sustitución de una bombilla fundida (y aun esto, con cautelosas reservas), se midió con temeridad innecesaria, pero espoleado por un ilusionante proyecto ornamental, a la manipulación de planchas de acero y/o aluminio.
El entusiasmo impaciente le vetó la espera de lo que habría sido experta asesoría de Lady Taladro. Y, en un movimiento de descuido, o mejor, de inexperiencia, se cortó, con inesperada sorpresa, dolor repentino y afilado, y rápida hemorragia, un dedo.
No importa tanto qué sitio del dedo: vale con decir que era en el pulgar de la mano derecha.
Tampoco quiso  interpretar tal vicisitud en clave política o religiosa. Bastante lío tenían ya en Irak, Siria, etc.
Conque acudió a la urgencia elemental y doméstica de dejar correr el agua del grifo sobre los labios inquietantes de la herida. Acto seguido pensó: ¿a la clínica del Novo?, ¿puntos, quizá?
Y ¿cómo controlar el líquido escapado del circuito, manchando acaso la ropa, la tapicería del roadster, si la toalla de emergencia no fuera suficiente?
Sonó el teléfono móvil. Un “de puta madre, qué oportuno”, pasó veloz por su mente. Una oferta de colaboración literaria que aplazó de momento.
Por suerte, pocos minutos después, el percance pareció ceder.
Ahora, en ese punto crítico de su piel, cubre el vertiginoso escenario una elemental y párvula “tirita”. Qué alivio.

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