domingo, 29 de junio de 2014

40 años hará



que “el hombre del banco del parque” la entrevio y la recreó, filtrada por el lienzo de sus fantasías, aunque pasaran varios, antes de darla a conocer.
Y ahora, sin saber de ella, veterano y tardío pero, aun así, transmutado más que en príncipe astronauta, en rey de copas de la baraja (otras veces, de espadas; nunca, ay, de oros), con la barba cana, concita la atención de la interminable fila (fila india) dominical de los vehículos que se aproximan a la arena, al mar.
Rejoneador sin más toro que el viento, montado en su libélula gigante, en su clavileño sideral, causa un impacto cromado, blanco y azul, una inesperada aparición para la retina de los desprevenidos.
Algunos reaccionan con estupor; otros hacen sonar el claxon, imitan la V de Churchill o el dedo pulgar ascendente de los césares romanos.
El astronauta sueña, viaja en serenos recorridos no muy largos que le ofrecen paisajes, aromas de eucaliptos, ciertas nubes que se reflejan en la carcasa de los faros; y el sonido de la vida alrededor…
Tranquilo, se orilla a la puerta del Sanatorio, en la explanada cómoda que ya parece su personal base.
¿Oloroso o moscatel? ¿Qué toca hoy?

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