martes, 19 de noviembre de 2013

Cómo sobrellevar la condición



Vagando, y no demasiado, por unas determinadas regiones del mapa cuyo nombre respetuosamente callamos, el oso bipolar madura su andadura de miel y algodón cálido, oteando en el anchísimo horizonte las señales del sol poniente, los colores hermosos con los que, como un disco que avanzara hacia el naranja, entre las nubes resuelve la obra de arte de cada atardecer.
El oso tiene ojo de pintor. Sueña: que expone en el Prado.
En ocasiones lo distrae (no “le” sino “lo”) un rumor, una música y entonces se yergue sobre sus patas traseras (ésta es posición relevante de los osos) y se diría que sonríe. Se siente, en ese instante, el concertino de un cuarteto de cámara.
No es bipolar, al oso me refiero, en el sentido problemático de los psiquiatras: con alegría lo es porque es doblemente polar.
Blanco y un poco tirando a grande, este oso no es del todo omnívoro, ni falta que hace; a cambio, goza de notables apetitos en diversos órdenes. Cierto que debería moderarse, pero no están en su naturaleza la docilidad y la templanza.
Cuando recapacita sobre la invasión fértil de los vegetales, considera, sólo someramente, la posibilidad de fijar un plazo, una fecha acaso para el mes de marzo, en la que embridar las frondas crecientes que un antojo reciente ha sembrado en sus costumbres, en su aspecto venerable y parsimoniOSO. Y desde luego…
Nada de foca, hoy, para el almuerzo. Un buen pescado azul, que hay que rebajar el colesterol.

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