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Tú ya sabes cómo funciona esto: das un par de vueltas,
por la zona de Fuencarral, te compras un jersey y una entrada de cine. Pero
sobra una hora y la cuestión, o el asidero, es sentarse en un café y escribir
algo. No cualquier cosa; algo que hace unos días, o unos meses, o años ya, qué
lento soy, me ronda la cabeza.
Y casualmente dos señoras sentadas en la mesa de atrás,
mientras sucumben a las tortitas de nata de la merienda, comentan algo de un
“régimen para adelgazar”.
Ahora que tú te has decidido, con determinante vanidad, a
adelgazar, a recuperar lo que llamáis la
línea, ya veo tus progresos. Se ha afilado tu cara que resplandece un poco
pálida, con los ojos más brillantes y, por contraste, más grandes que nunca.
Las piernas, todavía torneadas; el pecho, siempre breve, disminuye y te da, con
tu atuendo corto, blando a veces, deliberadamente divertido, un claro aire de
niña, de muñequita frágil que podría yo coger en brazos.
(Ya sabemos que no es sólo eso. Y que de niña no te queda
mucho, que se sepa. Pero que no se sepa, dime, confidencialmente, ¿no te
gustaría ser, o hacerte la niña un poco conmigo?)
Nuestros juegos verbales, cualquiera de estos días,
¿dónde nos llevarán? (Y dice una señora, en la mesa de atrás: “Vamos a acabar
jugando al aro”.)
Nada, en fin, como ser reiterado espectador, oyente
coincidente; a falta de otra cosa.
Que la verdad es que estás más guapa cada vez que te veo,
más guapa cada día, con ese apellido italiano que te gastas.
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