Que a Vert le echaran los caballos encima no era raro,
viniendo el ruido de quienes venía. Y se ha visto claro, los días atrás, con el
examen realizado a aspirantes a maestros en Madrid.
Más del 80% no pasó la prueba. Y como ahora nada escapa a
la información, se han comentado algunas muestras de la ignorancia supina de
los aspirantes, de tal calibre que parecen una antología que resultaría
hilarante si no fuera sangrante.
Tan sangrante como el inverosímil intento de defender lo
que no tiene defensa, hecho por el pringado sindicalista de turno y alguna otra
“autoridad”: que el “temario” no había sido anunciado y que había que mantener
(parece que eso es lo que se viene haciendo) la valoración de la experiencia
por encima de la del conocimiento.
Pues bien, queridos amiguitos, resulta que avisar previamente de qué va un examen ya es rutilante
burla y extraordinaria frescura, sobre que no puede hacerse, por ejemplo, con
algo tan básico como la ortografía. Pero se ha vuelto perversa costumbre dar
facilidades a los examinandos, con lo cual es imposible comprobar lo que
estudiaron, que va a ser que no estudiaron casi. (Recuerdo las dos mañanas en
las que nos ponían a prueba de TODO lo estudiado, en las reválidas de sexto de
bachillerato. Y claro que no nos avisaban de lo que iba a salir.)
Y
resulta que si los interinos son tan ignorantes, tanto más peligroso, letal, que hayan
acumulado su experiencia valorable deformando y malenseñando a los alumnos que
hayan caído en sus manos incompetentes. Cabe preguntarse con qué tipo de méritos
vienen ejerciendo como interinos.
Nuestra sociedad va creciendo en esperpento. Esa es la
evidencia.
Es lo que tiene el pretender que todos somos iguales -falacia enorme-, que se nos ha de igualar no por la excelencia de los que más sáben, sino por la mediocridad de la mayoría y, por supuesto, ayudar al que no llegue ni tan siquiera a este nivel.
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