sábado, 27 de enero de 2018

Quienes vienen leyendo

mis palabras ya conocen mi declarada antipatía, mi casi repugnancia por y mi incomprensión esencial de las caprichosas "maquinitas".
Que las inercias y las exigencias actuales nos vayan sometiendo a una dependencia de ellas cada vez mayor, no hace otra cosa que aumentar mi rechazo y mi rebelde irritación interior.
Ayer os dejé un aviso en Facebook, acerca de un contratiempo que se ha atravesado en el acostumbrado fluir de estas líneas y que procuraré subsanar por medio de lo que para el Hipocampo son espinosas fintas ante el impío resorte enemigo que borró varios meses de textos de la casa; aunque, al parecer, la totalidad de ellos sigue encontrándose a salvo por ahora en el buen recaudo de este burladero del blog de las Reflexiones.
A él, con tanta prioridad como insistencia, os remito, temeroso de no acertar con unos mecanismos cuyo misterio incomodísimo -- cuya inquietud -- no me ha permitido dormir arriba de tres horas la pasada noche.
Y siguiendo:
A la cruda y maldita realidad de la existencia, y la vigencia, de las guerras se opone la visión -- en estricto sentido -- de la utopía pacifista y sus mundos "disney".  
Y como a nadie le gusta morir en el frente, es natural que los ciudadanos se encrespen si uno o varios de sus gobiernos deciden la intervención en conflictos a 15.000 kms. y además ocultan gran parte del entramado interno correspondiente.
Así que la Prensa descubre los líos gracias, mira por dónde, a un tremendo chivatazo, y se ve entre la espada y la pared de las leyes, el derecho a la libertad de información y la pasta gansa que editorialmente necesita la empresa de turno.
Dentro del argumento, de polvareda fácil, contra la mediana decepción de "Los archivos del Pentágono" debió prevenirme el reparto: Tom, ni fu ni fa, o cumpliendo discreto; y Meryl, tan desbordada y titubeante como su personaje, habitualmente rancia de aspecto, deprimente en ese desvaído registro doméstico de reivindicación feminista al bañomaría.
Ni el propio Spielberg está a su acostumbrada altura.
Y cómo ha cambiado la digitalización todo lo que fueron aquellas máquinas de escribir, aquellas "lipotimias" y demás férreo estruendo de guerra de los periódicos clásicos con sus convulsas redacciones, sus cadenas de montaje, impresión, distribución...

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