martes, 7 de marzo de 2017

Una brisa delicada, de libertad



Al frente, a lo lejos, que no tan lejos, pasan los barcos, cruzando el mar, navegándose el mundo.
Pasa también una tarde más, con esta hora que los caprichos administrativos nos cambian, dos veces por año, que así se alarga la sensación de las más horas de luz que de todas formas va habiendo.
Y pasan los meses. De el porche al jardín (pecera, cápsula de astronauta anclado), espero, espero, con una calma algo tensa, con esa rara, y tan familiar, cosa en el estómago,  presagios y latidos que reconozco y fueron de otro tiempo y otro lugar, también pródigos en ocasos y acristalamientos.
Que sea un espejismo más, tan dado a ellos que soy, una tardía e ilusa ilusión óptica y de las otras, puede ser. Pero es por dentro por donde va la procesión de la magia posible, el estro acechando, la vida que acaso regresa o lo finge.
Salgo un instante afuera: templó.
Con el trémolo invicto e insistente de un sapo oculto en no sé dónde del gramón, que, al arrimarme, con prudencia sosiega, la grande y descendente moneda de oro anaranjado se deja tragar con demorada cadencia por el perfecto lecho azul. Arriba, entre las varias nubes, algunas que parecen casi de aurora boreal se van quedando suspendidas y me suspenden, amagando, prometiendo ambiguas un remoto ambigú con sus licores cálidos y sus luces de suaves colores entrañablemente ordinarios (Cine Ideal, tiempo insertado en los huesos), anticipando apenas nuevos encuentros en la tercera fase.
Es verdad que se siente, o se cree, una brisa tibia y delicada, de libertad.

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