viernes, 25 de marzo de 2016

Jeroglíficos y hologramas

Con una temeridad cuya terne imprudencia no mitiga la veteranía, he resuelto enfrentarme de nuevo a la Hidra.
A sabiendas de cómo, en las décadas pasadas, me rechazó y venció. Pero atraído por el desafío, fascinado por su venenosa seducción, por su respiración exuberante. Enredándome otra vez en la selva de su capciosa y onírica impenetrabilidad, en su tóxico laberinto, en la caprichosa orgía mental de sus crueles exigencias, de sus múltiples señales, de sus agotadoras erudiciones, cosmogonías y mitologías. Invadido por su fabuloso trópico esencial.
Quizá este empeño, esta retomada insistencia, no sean lo mejor para el zarandeado andamio de las neuronas, para su frágil álgebra minuciosa.
Y bien sé que no comportan estas líneas una petición de consejo; que no reclaman un socorro que, desde tu acuario, ni sabes ni puedes darme. Reconozco que estoy abandonado a mi suerte, ahora que vuelven a asfixiarme los sensuales anillos de anaconda de las páginas de "Paradiso", de Lezama Lima.

(Reproduzco aquí el tembloroso manuscrito anónimo que llega a la jurisdicción del Hipocampo, quien parece reflexionar hoy con singular y delicado cabeceo, con más sutiles desplazamientos entre las ondas tenues de su líquido y transparente entorno.) 

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