sábado, 20 de febrero de 2016

La fiesta de febrero, o sea

Según sostienen, de unos años acá, ciertas opiniones críticas, más aviesas quizá que cítricas, San Valentín ha llegado a ser una suerte de santo apócrifo, una metáfora acaso inflada y propuesta por frívolos e inconsistentes aunque avispados comerciantes y/o mercaderes.
Torres más altas han caído, de menos nos hizo Dios, incluso más vale un toma que dos te daré, hay costumbre (y tanta o mejor tradición que la porquería esa de la tomatina) de que las personas de diferentes adscripciones enamoradas señalen este día de febrero con obsequios y detalles conmemorativos que pueden abarcar desde un ramo de rosas hasta un chocolate con picatostes.
Las múltiples posibilidades que nuestra sociedad ofrece no son obligadamente inalcanzables, como si dijéramos el collar de brillantes o el nuevo Morgan Aero 8, que de modo tan artesano y con tan esmerado mimo se sigue fabricando en la pérfida Albión a 2016, y que es más agradable con caja de cambios manual, porque la transmisión automática de levas es cosa de pijos.
En resumen, no hay que desanimarse y conviene desoír, siquiera parcialmente, las voces desencantadas y aguafiestas de los "listos" que todo lo ven mal. Aunque lo esté.

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