sábado, 30 de enero de 2016

El Comodoro y el Hipocampo

Ahora casi todo se nombra con etiquetas breves, con siglas que pretenden designar, significar mucho, decirlo todo, y siempre con la premura histérica, con el frenesí típico (y la pobre manía de las abreviaturas, de las falsas síntesis de urgencia) de este tiempo de simplones pragmatismos y sensibilidades indigentes.
Y el Comodoro fue la persona que le habló de aquello. La expresión, la etiqueta, no carecía de eficacia, lo reconocía, de drástica brusquedad en su acierto: el apagón emocional.
Escuchó la elemental y previsible definición, y le quedó sonando. A cosas de la edad.
Vale que las señales físicas ya venían de atrás; pero "dentro de un orden", facturando cotas asumibles, y con tan diplomática y gradual cadencia que pudo ir adaptándolas al friso de los años.
Y de repente, en pocos días, o semanas, quizá a lo largo del último y borroso calendario, las notó con dura claridad: uno vive consigo y se distrae, y tarda en tascar las huellas que el goteo del desgaste diario, incesante, va acumulando. Pero andan ahí, y parece que asomaron de golpe. Conque fue con un amago de estupor, sentir que estaba... ¿cómo lo diríamos?... siendo asimilado, empezando a pertenecer al grupo de los jubilados, de los mayores, de los (atentos, genios del diseño, cursis del planeta) seniors.
Había oído que rueda por los cenáculos eminentísimos una ocurrencia de psiquiatras que llaman el síndrome o complejo de Peter Pan. Recordó ese eventual diagnóstico y no estaba de acuerdo, no era exactamente así. Encajaba mejor la sensación, casi la certidumbre de haber sido, por lo general, un perro verde o, con más ilusa ambición, un solitario tigre bengalí.
Y al presente, esta molestia, este desajuste de que lo abducía un determinado segmento demográfico, una parte del tan enorme como difuso rebaño... Esa involuntaria coincidencia en las conductas uniformadoras, las cautelas, las reiteradas conversaciones sobre la salud, la creciente lista de las cosas a las que el tiempo te va obligando a renunciar...
El tiempo. Nunca sabemos cuánto nos queda. Acción u omisión; luchar para vivir --para seguir-- o esperar y, fijo, arrepentirse luego cuando se haya ido escapando imperceptiblemente, como se pierde el agua entre los dedos.

-- La disyuntiva tiene un filo tajante, toledano; o de Albacete.
-- O de Solingen.
-- Vaya día que llevas.
-- ¿Has visto?  

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