lunes, 14 de septiembre de 2015

Levedad de las deudas



Los dos oían el sonido de las burbujas, agitando las aguas orientalonas que ciñen las teselas, el gresite del que alguna vez acaso ya se ha hablado aquí.
– Cuando paren, fíjate, cómo se nota la diferencia.
– A mí me gusta ese sonido, de todas maneras.  
– A mí, también.
– Lo impresionante va a ser cuando pare el mar.
Se levantó él, de repente.
– ¿Dónde vas?
– A por un puto folio, respondió mientras la oía reír.

Porque aunque ese día no había tenido el ánimo, en medio de todo aquello, percibía como una espontánea, y algo tirana deuda, una como responsabilidad de que sus curiosos y afectuosos receptores de señal no quedasen rozados de desamparo.




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