martes, 11 de agosto de 2015

A deshoras



La jornada dio comienzo advirtiendo que traería consigo, en su “estella”, algunas dificultades.
3´30 a.m., el calor lo hizo despertar. La casa, este verano de temperaturas extraordinarias,  presentaba, soportaba un sofoco de horno. Resuelto, en su vivir a solas, a que ningún insecto ni cría de salamanquesa (se habían dado casos) ingresara en su santuario, combatió la candente inclemencia con ventanas cerradas de par en par y refrigeración japonesa.
Maldurmió, acentuando el comportamiento del Fujitsu, un par de horas más. Ya en pie, preparó el “blog” del día. Luego, lo atacaron los mosquitos cuando, a todavía temprana hora (7 a.m.), procedió al cotidiano “riegar” del jardín.
(Dicen que los mosquitos, esas criaturas de Dios y San Francisco de Asís, eligen a sus víctimas con unos criterios de preferencia que algo deben a la dulzura, u otros presuntos atractivos, en la piel, el sudor, la sangre de los escogidos. Era irritante, nunca mejor dicho, que lo hubiesen incluido en sus acribilladoras querencias, con lo poco o nada que otras especies animales lo tenían en cuenta.)
Como colofón, la manguera azul presentó una picadura, una fuga. Habíais de ver a ese hombre desesperado, enzarzado, enfrascado en la operación de bricolaje extremo, reparadora del desperfecto: en la búsqueda tenaz, en la investigación y posterior selección valiente e imaginativa de los utensilios sucesivos, hasta encontrar el que cortara debidamente el segmento averiado; la denodada lucha con las roscas de empalme; la esperanzada comprobación, cuya decepcionante verdad, cuya evidencia de fracaso, prueba y error, era exigente “test” para el más templado ánimo; la necesaria y finalmente útil rectificación. El calor creciente y agobiante que el estado de nervios no hacía sino empeorar.
A las 9 a.m., andaba consolándose con un magno refrigerio, muy prematuro para merecer el nombre de aperitivo, pero aguerrido y colosal como aquellos remotos compangus de otra y lejana época. Un, cómo diríamos, predesayuno de camionero extremo, de “tráiler” largo, claxon atronador y chimeneas de escape verticales.
El Hipocampo no os infiere los detalles, por excesivos, por algo desenfrenados y libertarios. Mas da por sentado que hallará la desbocada fantasía de Vuesas Mercedes figuraciones y supuestos que lejos no estén de cualquier realidad.

(P.D: por real decreto, se recupera para la actividad del regadío un pijama no demasiado fresco aunque azul. Sheldon y yo somos así, Señora.)     

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