jueves, 30 de julio de 2015

La prueba



El hombre procuró ser, como el oso, el tigre y tantos otros ejemplos de dignidad, fuerte, consecuente con la soledad, que es el precio que tarde o temprano, siempre, se paga por los relativos gramos de libertad que nos concede el camino.
No quiso que lo sometieran sus necesidades, “más provechosas sufridas o castigadas que satisfechas”.
En algunas bazas perdedor, con el ánimo erguido fue sobrellevando sus “derrotas”. Mantuvo, más o menos, el tipo frente a ciertas embestidas incansables, olvidos e ingratitudes de los insensibles, cansinas impertinencias de los torpes.
Apuntaló costumbres, prosaicas y de las otras: las lecturas, la reflexión; la pintoresca independencia de la tapa del retrete, levantada. Intentó adaptarse a un excesivo silencio. Adscrito, y aun adicto, a la liturgia gozosa de la ducha cotidiana, rehusó, empero, acatar como indiscutible el dogma de los horarios, que adaptó con liberalidad a sus personales decisiones y criterio. Mantuvo con similar coherencia el mando a distancia de la tele, disponible para cambiar de canal, de programa, de película. Las botellas de los alcoholes favoritos en el mueble bar de diseño propio.
Como pilares de su dieta atípica/empírica, conservó, entre otros, la reserva de Bacardí, el Redoxón efervescente, la paletilla ibérica.
Renegó y se situó un poco al margen de bodas, bautizos, comuniones y navidades, melosos patetismos variados y, lo que es peor, embarcadores, deprimentes. Soportó, que no era fácil, el chaparrón de las descalificaciones, la capciosa sospecha de los demás, las inercias ajenas que, con o sin disimulo, se iban proponiendo matices de exclusión activa o desdeñosa.
Pasó el tiempo; pocos lo comprendieron o aprobaron su conducta pero, ¿quién podría afirmar con verdad que no se respetó a sí mismo, que no se avino a pagar toda la factura? ¿Que no voló (como Cyrano) quizá bajo, pero solo, que no le quedaría, en el último instante, lo que nadie iba a poder quitarle, su orgullo?

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