jueves, 16 de julio de 2015

Entre aguas



Ya fue difícil la casualidad de encontrarse dos veces seguidas en una ciudad tan grande, y por aquellos laberintos del centro comercial.
La primera, con desconcierto y sorpresa, tras aquellos años de total desconexión, un instante apresurado para el indeciso y receloso hola, y seguir cada uno por su lado.
Y un rato después, ahora como si una fuerza los atrajera entre la inevitabilidad y la zozobra.
Ahí no tuvieron más remedio que detenerse, hablar.
Él escuchó tendremos hijos, haremos lo que sea. Y contestó o pensó y luego volverá a ocurrirnos lo de siempre.
Pero estaban sentados uno junto al otro, sintiéndose en las manos, ya enlazadas, el empujón temible de las sangres. ¿No lo notas?, señaló la mujer. Y él no respondía, aturdido.
Como dos adolescentes, como dos turistas, en un peldaño de una escalinata en cualquier plaza de Roma.

(Se giró; percibió cómo se movía el débil, el leve velo de los sueños. Era por las fotos que había estado mirando, claro.)

– Tienes que ir al taller, ¿no?
– Sí, ¿y tú?
– Al banco; luego a la peluquería y unas compras.    

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