domingo, 7 de junio de 2015

Garcilaso de la Vega: con todo el respeto




y la admiración te lo digo: habríamos coincidido sin esfuerzo en más de cuatro cosas.
Desde el otro mundo (qué expresión, ¿verdad?), seguro que pensarás “qué atrevimiento”. Pero me amparo en que de carne y hueso fuisteis/somos/serán todos y ahí nos ha pillado el toro furiosísimo de los amores.
Una mujer hay que me eligió y que me quiere tanto (y contra viento y marea) que, si yo fuera otro, me acomodaría a la inercia, a la facilidad, al resguardo del temporal que, con los años, qué te voy a contar, como la vida dure, a cualquiera nos aguarda. Y además que es ella guapa, hacendosa y cabal en los más sentidos.
Pero es el paradigma de los celos, del talante posesivo, y nuestras discusiones se han vuelto tan frecuentes, y a más a más, amargas, que todas las dulzuras se nos han ido tergiversando, para no decir echando a perder.
Porque la quiero, decirle NO (ya me ocurría siempre con mi hija) me duele, créeme, más de lo soportable. Y aun así…
En fin, maestro, que no me nace el abuso. Porque estoy contigo y yo bien sé tu lucidez, tu inmejorable y elegante acierto al escribir “cuánto corta una espada en un rendido”.
Ni te cuento estas inútiles ganas de llorar.
Y perdona, por tomarme contigo estas confianzas.

(Nota del Hipocampo: en la caracola que hace, en este acuario, las veces de buzón, he encontrado el apunte anterior, que me ha parecido, aunque de autoría desconocida, apropiado para darle curso aquí, en este misceláneo “blog” de las reflexiones.)

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