viernes, 22 de mayo de 2015

Mad Max: el rayo que no cesa



A cuestas con el “tuneado” y el “bricolaje” extremos, se nos ofrece ahora una entrega más de Mad Max.
Lo primero que el espectador aficionado a este género de cine debe recordar siempre es que lo que suele llamarse argumento está condensado, sintetizado, esquematizado tan a tope, que casi podríamos decir que llega a su completa desaparición o inexistencia.
Y una vez superado este, para algunos, escollo, Ud. tiene por delante el gozo inabarcable de los espacios gigantescos, desérticos, apocalípticos en los que los más feroces, crueles y bizarros guerreros/delincuentes y los más desaforados mutantes del caos futurible se revientan sin descanso, sin tregua, sin límite, en los antípodas de la conducta mínimamente modosa.
Curiosamente, la parte visual de estos “films”, quizá habría que decir filmes o, tal vez, “pinículas”, no carece de belleza, por muy delirante que ella sea.
La banda sonora hace todo lo que puede por realzar la acción (que trepidante, es poco decir) y por suplir la enorme ausencia de cualquier cosa parecida al diálogo.
En fin, a mí me gusta esa variedad del enloquecimiento, dentro del espectáculo; y soy de los que recuerdan a Mel Gibson, cuando (de todo hace ya más o menos 30 años) interpretaba las primeras aventuras y desventuras del personaje original y alimentaba las calenturas juguetonas, más exageradas que reales, de Belmonte y Santiáñez, a las que con desigual intensidad yo amaba.
Quizá se puede resumir la cinta diciendo que es todo un prodigioso exceso de los que el Hipocampo no suele perderse.

Otrosí: “Suite Francesa”, plúmbea y lenta, a pesar de su carga dramática, de su casi banal romanticismo, rayano en el trasnocho. Y muy insípida, la pieza musical que le da nombre y sirve de pretexto.

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