lunes, 25 de mayo de 2015

Las apariencias, que engañan



A él.... bueno, a él ya lo habían ido cercando los rumores: en un pueblo de costa, con apenas mayor trastorno que la anual migración de los turistas (lo que antes se llamaba “forasteros”), cundió la especie, aunque falsa, de que traficaba con armas, de que andaba metido en la prostitución organizada (esto lo cotilleaban incluso en las pacientes y desdeñadas colas de usuarios de los bancos) y quién sabe qué cosas más, preferentemente ilegales. Confusos origen y procedencia (maestro Fernando, cuánta deuda), los lugareños habían terminado por apodarlo “el marsellés de la Antilla”, que algo sonaba a surrealista nombre de guerra de matador de toros o bucanero anacrónico.
Ella vivía su esquema familiar erosionado ya, un poco rutinario, un bastante “estresado”, en un pueblecito floreciente próximo a Córdoba, donde pequeñas traslaciones de política doméstica entre PP y PSOE, los dineros, los medros signaban, año tras año, el calendario de la vida de todos, un poco anestesiada entre urbanizaciones y cotilleos.
Lo que las gentes – de ambas latitudes – absolutamente desconocían era el sueño y la dicha compartidos: el amor que la derretía a ella, el amor que a él lo ponía a arder. El hecho de que se añorasen mutuamente como dos drogadictos que no pudieran pasar sin su dosis; el conmovido llanto incontenible que les nacía de los ojos cuando se rozaban en los más delicados tejidos de la sensibilidad emocionada, porque sin remedio tenían que separarse, cada uno a su vida.
Lo que las gentes no sabían era que, cuando ella volvía a sus cosas, era arrancándose de la necesidad que de él sentía; y que él se quedaba vacío hasta las trancas porque ya no tenía de ella la espalda, los ojos, los labios exigentes, las perfumadas axilas de seda, el sabor del cuerpo, la vitalidad alegre y sonora de la mujer que de repente estaba significando el reingreso al paraíso.
Pero lo que sí estuvo claro fue que cuando las amigas de ella, un poco entre envidiosas y cansadas de tanto comentario enamorado y elogioso, le preguntaron
–Y tu novio, ¿a qué se dedica? 
ella pudo responder con verdad y cierta complacida ufanía
A quererme.  

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