domingo, 3 de mayo de 2015

El Gran Premio, en Jerez



Cuando, con el mohín que le conozco, ligeramente eleva la nariz de Cleopatra (que es uno de sus alias), ya sé que algo se trae entre manos.
Por su parte, al observar que yo había puesto en marcha el ventilador de las aspas náuticas durante el aperitivo, maniobró con diplomacia y tanteó el terreno:
– Vale, podemos dar, que ya he visto que tienes calor, un paseo que no sea largo y, desde luego, tranquilo, como corresponde a tus calendarios. Pero este fin de semana no puedes decirme que no salimos.
De acuerdo – asentí. (Cualquiera se niega: es su primera pasarela desde que luce las perlas industriales y el resto del nuevo joyerío. Ya sabe que todos la admirarán y querrán tomarle fotos, incluso “selfis”. Y yo no puedo discutir la evidencia de su porte, de su éxito cuando se mueve, como dejando señales de su especial categoría.)
Tú sabes el carácter que tiene; lo otro es que, aunque sea inviable este cariño nuestro, de los tres, echamos de menos la piernita de atrás.

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