martes, 24 de febrero de 2015

Nicolás Maduro



Con la inercia torpe de una burda fotocopia, Maduro remeda y prosigue los desvaríos, las mañas revolucionarias y los despropósitos de su antecesor quien no encontró nada más como “heredero”. Y con el mando así traspasado, este desaforado y asombroso gobernante, hechura de aquél, va llevando a su nación, de por sí rica en recursos, abundante y feraz, cada vez más lejos por el camino de una extrema y paradójica ruina, mientras se envuelve en los colores de su bandera y vocifera soflamas en las que, en plena paranoia, denuncia imaginarias conspiraciones internacionales contra esa política suya que tan desastrosas consecuencias está evidenciando.
Sudamérica es con frecuencia tierra de excesos: su historia está sembrada de ellos, y acaso jamás se lleve bien con cualquier tipo de moderación. Pero nos llena de estupor e insatisfacción que en nuestro mapa ibérico puedan surgir, de entre las nutridas filas de nuestras “generaciones estupendamente – y presuntamente – preparadas”, adoradores y émulos de aquel descomunal disparate cuyo contagio es lo que de ningún modo necesitamos.

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