viernes, 2 de enero de 2015

Las devoluciones en caliente



La expresión ya es de sobra llamativa, útil, casi un lema (le dicen “slogan”, qué cosas) que hubiera diseñado uno de esos listísimos artífices de la publicidad.
A ver. Primero convendría fijar alguna cosa, que no estorbará en medio de la confusión y las manipulaciones al uso: la solidaridad, la generosidad y el catálogo justo y benéfico de los Derechos Humanos son conceptos, propósitos, aspiraciones indiscutibles. Menos los muy malos, malísimos, todos estamos a favor. También están claros los deplorables factores que suelen respaldar la desesperación de los marginados y de los explotados: de esos comprensibles y motivados invasores, que ahora llamamos, con menor crudeza y mayor eufemismo, inmigrantes ilegales.
De esa luz teórica, pasemos a la penumbra práctica.
¿Nos guiaremos por irrenunciables principios? ¿Los llevaremos consecuentemente al límite?
Si en vez de saltar las vallas 100, 500, 1.000 personas, con los mismos motivos saltaran 10.000, 100.000, 1.000.000, etc., ¿qué tenemos previsto?
Los pancarteros más vociferantes (cuya virulencia en la reivindicación ya los está comprometiendo a tope), ¿dejarían que una sola de esas personas marginadas penetrase en su domicilio, “pasando” de la doméstica verja del jardincito en el “chalet”, o de la puerta en el descansillo de la escalera en el bloque? ¿Y que luego dispusiera del contenido del frigorífico, la ropa de los armarios, el gel de baño, tal como hasta el mejor cristianismo recomienda, incluso ordena?
Igual son una panda de torpes, aficionados al ruido y las algaradas, que ni siquiera se plantean el ejemplo como reflexión; o disimulan y lo rechazan con la demagogia barata con la que intentan salvaguardar sus miserables hipocresías.

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