domingo, 25 de enero de 2015

La superioridad moral



La palabra “parking” es un vocablo más bien feo, ajeno, extranjerizante, por más que hayamos terminado adoptándolo en esta dinámica de perezosa rendición que con poca disculpa nos somete.
Pues bien, hay ocasiones en que uno se encuentra en Córdoba, o en otra ciudad, y sabiendo ya, de lamentables situaciones anteriores, que la jodida maquinita de turno (sí, esa que se carga en el “parking” un puesto de trabajo) no aceptará un billete de cincuenta euros, uno, repito, solicita con la debida buena educación que en cierta frutería de la esquina le cambien, por favor, el billete, resumiendo con cortesía el motivo que origina la petición de tal merced.
Rechazada la inocente pretensión, sin mayor apuro, el resignado solicitante reproduce su anhelo en la farmacia próxima. Y ocurre que recibe similar negativa. Entonces la imaginación, con rapidez loable, formula la hipótesis, y la hace audible en las palabras más o menos precisas, de si sería obligatoria la operación de cambio al forzarla con una casual, trivial, innecesaria aunque, a la larga, útil compra de entrañable y acreditada medicina de carácter analgésico y efervescente. Cede al repentino e inesperado envite la empleada del establecimiento (que en otros tiempos habría sido de condición varonil y recibido el nombre de mancebo) y se logra por fin el propósito.
Quizá ofuscada por la precipitación de los acontecimientos, acaso presa de indescriptible desazón o azoramiento por el peculiar aspecto, la no demasiado frecuente apariencia del peticionario (vetusto melenudo, mirada penetrante de felino o ave de cetrería), la desdeñosa operaria equivoca inadvertida el cambio, la vuelta, un imprevisto euro extra, a favor del ya cliente.
Éste, seguramente inspirado en las conductas financieras al uso, omite todo comentario, sofrena un resto de escrúpulo y sale de la farmacia con flemática e hipócrita diplomacia que, no obstante, se tiñe de cierto pícaro regocijo; resuelve interpretar el remate del episodio como un giro del destino (twist of fate, creo que dicen los angloparlantes), como una karmática (¿o será kármica?) compensación por los trastornos padecidos a lo largo de la jornada agotadora.
Asume que, aun muy remotamente y ya “hasta el gorro”, puede que le corresponda, esta sola vez, no dejarse llevar por la tentación de ejercer... la superioridad moral.
Todavía le queda la autovía, que reemplaza a la clásica N- IV, rebozada en lluvia, bañada en la entera niebla del mundo, y un lingotazo de bourbon, cuando llegue a casa, sedante, sosegado remanso de aceptable paz, querencia que, de nuevo, emite o concede la onda sencilla de su bálsamo.
Y con todo, es una pena que el inexpugnable rigor descienda a conciencia laxa, echada a perder por los ejemplos malísimos de los Blesas-Ratos-Pujols, etc., de toda esa escudería de tahúres que son el glorioso ornamento de nuestra pasarela de la moda en economía.   

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