jueves, 4 de diciembre de 2014

El primer ejemplo



Nuevamente en estos días, mucho ruido, lamentaciones y vestiduras rasgadas en una aleación impresentable de embotamiento e hipocresía: los episodios de violencia al socaire del fútbol (aunque también haya otros revulsivos e intenciones), como tantos otros desmanes de la sociedad “humana”, tienen sobrada tradición, se han consentido y fomentado incluso, hasta que toman proporciones de muy difícil o imposible control.
Que en todas partes cuezan habas, no redime un ápice de una realidad: este “rey” de la Creación, hecho a “imagen y semejanza de Dios”, según dos eufemismos o metáforas tan escandalosos como falsos, es básicamente y desde muy en sus orígenes una criatura agresiva, peleona y tirando a cruel, cuyos instintos brutales necesitan muy poco para ser azuzados y poner en marcha los peores mecanismos de la conducta. La política y el fútbol se han vuelto, en ese sentido, dos imponentes detonantes.
La cosa, muy anterior al circo romano, consiente en cualquier caso muy poco disimulo.
Y sería una ingenuidad pedir que se empezara a reconocerlo con humildad y pretender que el primer ejemplo lo diesen esas “estrellas”/ protagonistas que son los jugadores y que sólo podríamos llamar, con escasísimas excepciones, caballeros deportistas, echándole a la expresión un plus de recochineo y de afilado sarcasmo.

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