viernes, 26 de diciembre de 2014

Efectos colaterales



Cuando se propuso reducir tallas, bajar de peso, con ese empeño heroico y cuyos resultados de todos modos no podrían pasar de relativos, no reparó en por lo menos dos consecuencias de la tal decisión que, ahora en el invierno, se ponen de manifiesto evidenciando cuántas ingenuidad e imprevisión pueden quedar en cualquiera de nosotros.
Y eso que los documentales de la 2 habían reiterado expresamente el efecto protector de la grasa como aislante térmico en las focas, los osos polares y otras nobles especies también animales, singularmente conectadas con entornos de clima frío.
Claro que lo mensurable, en el concreto asunto de referencia, guardaba muy menores proporciones: que Cádiz no es el Polo, a Dios gracias, ni diez kilos menos son para tirar cohetes. Aun así, notó la nada insignificante disminución de la cobertura.
Al menudo asombro, a la inesperada sorpresa, se ha seguido la reflexión sobre la segunda consecuencia: la compañía de suministro eléctrico correspondiente está de enhorabuena porque, contra la proverbial sobriedad del contador, el consumo de energía en la calefacción marcará en las facturas venideras un insólito aumento que “te vas a enterar de lo que vale un peine”. Me refiero a las eléctricas, que todo el mundo sabe lo consideradas y nada usureras que son con el cliente.
Ahora contempla con sesgada cautela y ánimo confuso el surtido de Estepa, mientras Belcebú esgrime sus afiladas mañas por Navidad.
¿Cómo os diría…?  

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