jueves, 2 de octubre de 2014

Tejidos RODRIGO



(En un punto del recorrido que los toros hacen en Pamplona, camino de la plaza, existe un comercio que ostenta ese lema, en la muestra colgada en la entrada.
Mi recuerdo inmediato, al verlo la primera vez, fue la tienda de mi padre. Hay recuerdos que, sin exageración, sentimos sagrados.)
En Vistalegre, Morante y Finito, con preciosos trajes de luces, y el Juli, algo más soso de vestuario, han celebrado una corrida de toros cuya música, esta vez, no fue interpretada por una banda de música sino por una orquesta.
La idea tiene cierta novedad, frescura, un pelín de riesgo de rozar lo inefable pero, en general, queda como un intento, acaso innecesario, de fundir dos hermosas artes en un sólo espectáculo.
Porque las corridas de toros (la Fiesta Nacional, pese a los menguados a los que pesa) son algo de mucha tradición, me parece preferible mantener la de la banda de música.
Si hay un aprendizaje y una memoria genéticos, en los huesos, en la retina y en el oído de los aficionados, en su emoción y en las entretelas más hondas de sus vivencias, por ahí anda también la sonoridad emocionante de las bandas, no sólo en los toros sino también en las cofradías de la Semana Santa y en los desfiles militares.
Seguramente conviene conservar estas y otras cosas y no hacer caso de los miserables descafeinados que pretenden superar sus indigestiones acomplejadas, homologando con bárbara y antipática tabla rasa las diferencias enriquecedoras que las gentes aportan por el ancho mundo y que hacen que la vida no sea un pasmo gris y tibio, sino un trastorno interesantísimo, con resplandecientes colores y clima continental, ese de las temperaturas extremas. En la variedad consiste el gusto.  
Y hay recuerdos que, sin exageración, sentimos sagrados.  

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