lunes, 20 de octubre de 2014

El hombre, ya mayor, comenta al Hipocampo



En el mar, claro, puede que sea otra cosa pero aquí, en la tierra, al hombre que, verdaderamente, quiere a sus mujeres, tres cosas fundamentales le importan: que no pasen frío, que no choquen con los muebles, que no se depriman.
Sus mujeres son, a lo largo del tiempo, de la vida, amantes o esposas, hijas o novias… Si de verdad está el sentimiento, el aserto antedicho permanece.
No me importan los zafios, los rudos y los imbéciles que acaso discrepen o no comprendan siquiera estos enunciados que sostengo.
El Destino, que puede ser tan caprichoso como generoso, como injustamente arbitrario, me concedió el instinto, la carambola de saber, casi de sopetón y más bien temprano, algunas de las cosas que digo. Ni siquiera el mérito es mío. Sólo puedo decir que he tenido suerte en el reparto, incluso si fuera doméstico y relativo, de cierta dosis de lucidez.
El Hipocampo flota elegante y describe apenas un suave cabeceo; se diría que asiente.

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