lunes, 22 de septiembre de 2014

Risto Mejide



Desde que Risto comenzó a ganar notoriedad porque despellejaba con sarcasmo inmisericorde (y, a veces, tan indebido como arbitrario) a casi todos los concursantes de lo que fuera que caían bajo sus gafas sombrías, sintetizadoras de camuflaje propio e intimidación ajena, con el tiempo y la insistencia, nuestro héroe se ha labrado en televisión un programa personal de entrevistas sobre un sofá, cuyo relieve, el del programa, parece evidente.
Anoche, con su acostumbrada mezcla de fría mordacidad y pedantería, se trabajó a dos figuras conocidas, una más que otra.
El político, director actual del PSOE, algo menos siniestro que Alfredo y algo menos cauteloso que el remoto “presi” de la ceja, pero así, esbelto y sonriente, nadando y guardando la ropa. Buenas y sobadísimas palabras, teorías de quita y pon. Ya los conocéis.
El trovador Sabina fue otra cosa.
Comparto con el entrevistador su visible incondicionalidad por la obra y el talento extraordinarios del de Úbeda, que estuvo como suele, certero, ingenioso, coherente, desenvuelto y experimentado; y con esa especie de tic con el que, risa breve, parece rematar y celebrar de modo automático las propias ocurrencias en la conversación, detalle que desorienta, o choca, un poco.
Risto enterneció algo su condición doble de inquisidor y verdugo (que no anduvieron tan lejos en la Historia) y babeó levemente.
Los muebles se subastarán para causas, al parecer, benéficosolidarias.
Un rato entretenido para una noche de distancia.   

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