martes, 5 de agosto de 2014

Papa Francisco



Aunque, según en qué momentos, encajo a duras penas, supongo que soy, qué remedio, católico, objeciones y dudas herejes incluidas.
Reconozco así pues, al Papa Francisco. No discuto su sencillez, su accesibilidad, su entrañable aura de abuelete tierno. Creo que tiene habilidades que le, y nos, serán útiles en medio de esta “tormenta perfecta” que rige nuestro presente.
Y no niego que su antecesor, que ahora es a modo de pontífice ectoplasmático o reservista e ilustrísimo jubilado, me molaba más por el empaque aristocrático y culto, por la expresión concentrada y reflexiva, por el resplandor elegante de su cabello blanco.
Francisco también me agrada. Pero me desconcierta el hecho de no poder resistirme, cuando habla desde el balcón del Vaticano, al recuerdo hilarante y espléndido de Les Luthiers.

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