jueves, 10 de julio de 2014

La lógica "aplastante"



Cuando llegó a la oficina de correos, a las 8 horas, 10 minutos de la mañana, ya le precedían en la espera unas quince personas que no hacían lo que se entendería con propiedad una “cola” sino un amorfo desparramamiento múltiple, ideal para garantizar la confusión cuando, finalmente, los funcionarios dieran comienzo a su jornada.
Era, viva la madre que los parió, el horario de verano que consiste en la mitad del tiempo de asistencia para siete veces más población, la que se junta para las vacaciones. Un prodigioso alarde de lógica. Ni siquiera la consecuencia de los “recortes”: ese abuso desahogadísimo del tiempo de los ciudadanos/usuarios tenía muy acreditada y larga tradición.
Le vinieron ganas de expresar en voz alta, bastante alta, el encono de estar pagando, vía impuestos, el sueldo de cuatro empleados, dos de ellos ausentes con la bula de la “ventanilla fuera de servicio”; de verse obligado a salir de aquella gestión postal a las 9 horas, diez minutos, les dejo el gustoso cálculo. Casi de arengar a las otras víctimas presentes de ese insolente mangoneo quienes, seguramente manifestarían su acuerdo, otros su esclava mansedumbre, otros su cansada, rendida indiferencia inerte, moribunda.
Observó a la concurrencia, variopinta. Sintió la pesadumbre de la impotencia. Comprendió, cosa fácil, el éxito de los nuevos encandiladores entre las mesnadas/manadas del múltiple descontento, de la indignación rebosante de causas, motivos, explicaciones.
Guardó un envenenado silencio y se sintió casi enfermo con todo aquello.
Salió a la calle; volvió al aparcamiento y recogió el coche.
Conducir despacio le fue sosegando el ánimo y pudo desayunar un mollete con jamón ibérico y una copa de Canasta Cream.
“Habrá que seguir remando”, pensó. Y también, “Fujitsu será hoy mi paladín defensor contra este desalmado viento de levante y la playa hasta arriba de gente”.

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