martes, 10 de junio de 2014

Hablar a solas



La especie humana (que es esa línea zoológica de la que en ocasiones se ha escrito aquí, a menudo con la natural decepción y la casi inevitable y recelosa desconfianza) se puede subdividir en dos grupos principalmente, a saber:
1º: los que admiten su fragilidad, sus defectos de fábrica y sus debilidades “humanas, demasiado humanas”.
2º: los que, con hipocresía impasible, pretenden sostener el inverosímil órdago de que jamás hablan a solas. Estos suelen coincidir con los embusteros con denominación de origen que nunca ven por TV los programas de cotilleo, porque siempre andan pendientes de “Jara y sedal” o del neocortex de Eduardo Punset.
El hombre al que hoy me refiero, sí hablaba a solas. Por la misma soledad; o cuando, enfadado, le ayudaba a desahogarse en el análisis el timbre de su voz. O porque, desde que comenzamos a emitir sonidos articulados, nos reconforta la sensación de que somos mucho más que un simio discutiblemente ilustrado.
Volvía a casa, después de una semana de sobriedad solidaria con su novia abstemia. Recordó la afición por el vermut que (además de los artesanales, catados en Barcelona, Pamplona, Madrid) había fijado con regodeo en el Martini Blanco, incluso mezclado con ginebra, allá por los tiempos en los que era vecino de la capital. Luego, al trasladarse al Sur, derivó por un prurito de coherencia cromática, para no desentonar de la ideología hegemónica, al rojo.
Y hoy, se trataba de éste. Se sirvió uno y habló a solas, o quizá dirigiéndose a la botella. A veces, se dejaba subyugar por el lado castizo y, saliendo de su invernadero, o de su turris ebúrnea, cedía al desgarro en la expresión. Dijo, en voz alta: “Qué bueno estás, hijoputa”. Así, a lo basto, omitiendo con crueldad la preposición, contrayendo con grosería los términos.
Los caminos del Señor son inescrutables.

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