sábado, 21 de junio de 2014

El discurso del Rey. (Sugerencias sin predicamento)



Lo hemos apuntado tan pronto como el que más: te falta rodaje.
Los que están en tu contra no desaprovecharán nada y te van a criticar “lo más grande”, como se dice por ahí.
Con un cierto escalofrío contemplé tu gallardía, de pie en el Rolls descapotable. Porque me acordaba de Kennedy, en descapotable de otra marca, y aun sentado. ¡Chapeau, Majestad!
Pero, “como te digo una co, te digo la o”: no son asuntos menores (como las bestias pardas puedan llegar a entender/no entender), el aplomo y la lectura sin tropezones. Y te falta la campechanía y la torería castiza de tu padre para salir medio airoso de tales y otros trances.
Así que una taza de tila para los explicables y poderosos nervios que tu situación ha de procurarte; y mucho ensayo. A lo mejor ya te lo ha dicho tu consorte: no sólo concentración, que va de suyo, sino también (“non solum sed etiam”) un ritmo algo más pausado te ayudarán.
Los que estamos más bien de tu parte no nos merecemos tantos sobresaltos, tanta tensión temiendo el siguiente traspié de una fluidez que, de todo corazón, te deseamos.
Tu discurso, un poco largo quizá y convencional, tuvo en cambio toda la adecuación y corrección que correspondían a la jornada. Y nos deparó un final sobresaliente: la cita de la noble y sabia afirmación de Cervantes, en boca del Quijote.
Un pensamiento tal, expresado por tamaño escritor y en tan luminosa lengua, basta para sentir “el orgullo y la satisfacción” y la motivación honrosa de ser españoles.
Deberíamos recordar estas cosas a diario.

(También sería preferible una gorra con algo más de vuelo, de proporciones menos sucintas.)
Ojalá tuviese yo predicamento para decirte: “Tú, hazme caso”.

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