domingo, 8 de junio de 2014

El "ballet" de las neuronas



Mis recomendaciones son las de siempre:
lávate las manos; no andes descalza; abrígate bien, que no vayas a pasar frío.
Y nada de palomitas de maíz, en la matinal. Prefiero comprarte unos bombones o, a la salida del cine, irnos al Sanatorio, y que nos pongan, a ti, un zumo y a mí, una copa de lo que tienen (que te dejaré, si es moscatel Gloria, mojarte los labios), y una ración de esa deliciosa e inesperada butifarra. Luego, en casa, haré una tortilla de patatas, ahora que hemos descubierto, tú y yo, que “zé hazerlo”: quizá algo aplastada pero muy sabrosa.
Años después. ¿Un mosto para ti? Y que conste que no te “impongo” la matinal; es sólo que no hay casi gente, con lo cual evitamos la cola de la taquilla y nos sentamos donde nos da la gana. Otras veces hay dos minutos de espera para los últimos retoques del maquillaje y quizá la fila india de dos, sobre la libélula azul gigante. “Te he mimado demasiado”.
Todavía después, años después.
Debe ser la época difícil de la juventud. Para que apenas se ensucie, salimos de paseo sólo con el buen tiempo, que aquí, en la costa, es frecuente.
Y comenté nada más, cuando salimos este sábado de sol, que era una preciosidad la última versión del Bugatti Veyron: 2.6 segundos, de 0 a 100; 1.200 caballos; dos millones, ciento ochenta mil euros. Y tres unidades solamente, ya vendidas.
Y le entró un terrible ataque de celos.
Creo que la estoy “mimando demasiado”. Malcriando.
Miedo me da llegar a padecer los tormentos por los que transita la Pantoja: yo, “como padre”, no querría sufrir de tan lacerante manera, ni verme expuesto a los despiadados juicios de esa pandilla de sangrientas pirañas que pululan en las turbias aguas del río que llaman “Sálvame”, fino ejemplo del empeño cultural que nos ofrece Mediaset.
Me da que superpongo épocas, vivencias, “niñas”. Cosas de la edad, de la fantasía surrealista. Cosas de los fuegos de artificio que, por su cuenta, encienden las neuronas, simulando un “ballet”, unas fallas de Valencia sin Valencia, a donde quiero ir a comer en la Malvarrosa un arroz digno de los dioses paganos.

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