domingo, 15 de junio de 2014

Cuando la tele está tan insoportable



que ni me embota ni me anestesia.
Queremos seguridad, confianza, garantías. Para no tener miedo; para blindarnos contra el dolor; para defendernos de los abusos de los enemigos, del tiempo que nos destruye sin remedio.
Y las crueles paradojas son nuestra fragilidad, nuestra diluida contingencia. La incertidumbre con la que elegimos este o aquel rumbo; el inevitable riesgo con el que tomamos cada decisión y nos exponemos a sus desconocidas consecuencias.
Yo escribo ahora y cuando suba al dormitorio, ya vencido por el sueño (¿cuánta gente lo ha comparado con la muerte?), podría ser la última escalera.
Esa circunstancia, u otra cualquiera, será la última. Un día cualquiera, que no sé ni sospecho; que llegará a traición o por sorpresa, mientras pienso, hago, vivo otra cosa, nadando en el espejismo, en la autosugestión, en el falaz consuelo bobo y necesario de que todavía no, aún no.
El primer segundo de nuestro contador a cero, cuando salimos de nuestras respectivas mamás, ya es el juego permanente de la bala única en el tambor que gira y no pasa nada, que gira y no pasa nada… hasta el instante en que pasa.
¿Y no deberíamos apurar cada copa, cada momento? ¿Luchar para no renunciar a nada? ¿Tener por lema “que me quiten lo bailao”?
Nos pesará lo que no hacemos, lo que vamos aplazando. Nuestras dispersiones, indecisiones, tiempos perdidos, serán la rúbrica, la factura gravosa de las muchas páginas que dilapidamos en nuestros libros.
Por cierto, las “margaritas” de ayer, fieles a la acreditada receta implacable, espléndidas.

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