lunes, 26 de mayo de 2014

El día de ayer



Comenzó con sol y nubes blancas, de esas que respetan el azul natural de este Atlántico. Y una brisa suave, civilizada.
Luego la vida me regaló la visión gozosa de una mujer desnuda que subía la escalera con movimientos de gentil palmera leve.
Y un viaje consciente, hasta Arcos y Antequera (el que pasó, lo sabe: pocos campos más hermosos que los que ahí podemos ver). Al final del trayecto, Granada, donde la Dama de los Rizos va culminando sus cursos universitarios; donde papá la embroma por enésima vez con el hipotético aclarado del color de sus ojos y donde, en un arranque inédito y surrealista, un hombre en los antípodas mentales (pero quizá pegado a las raíces) de cierta realidad, formula de improviso entre incrédulas miradas transeúntes el recuerdo escondido, modernista acaso, y literario a lo Max Estrella, de una serie de pases del más imposible de los flamencos.
De regreso, la copiloto va ingresando al sueño, y el jardín huele bien, tan cerca de la playa.

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