miércoles, 28 de mayo de 2014

Conclusión de los forenses



El verano, desengáñense, es esa estación incómoda de calores, turistas a granel, a veces “tenaz sequía”, carreteras atestadas, mosquitos sobre todo al atardecer/anochecer, grillos para septiembre u octubre, un primor, vamos.
Imagínanos, oh Máximo, luchando con denuedo, con desesperación, otras veces con desánimo contrito, por equilibrar la ventilación, la despiadada temperatura, la iluminación y la indispensable defensa contra los insectos, esos hermanos amadísimos del santo de Asís, creo que era de Asís, esto significa cuidado de noche con las ventanas abiertas y las lámparas encendidas a la vez, míralos, Máximo, entrando alevosamente, cuatro, cinco, posados con ostentación insolente, amenaza oscura contra el techo inmaculado de escayola del salón, sálvese quien pueda, aquí también, en la cocina, ése enorme, quizá ahíto ya de anteriores sangrías, dos, tres más, pleguemos, Maritere (Flit en ristre) fumigando cielo y tierra, mar y aire, que no nos mande Dios todo lo que podemos “desoportar”.
A la mañana siguiente, al unir los platos/vasos del desayuno a los que de la víspera yacen, testigos de la cena, en el fregadero, comento:
“Hay un cadáver de mosquito en el residuo de zumo de tu copa de anoche”.
Es lo que, oh Máximo, los forenses denominan la muerte anaranjada.     

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