lunes, 5 de mayo de 2014

Cádiz y mayo



Se empeñó en presumir y que todos la vieran, vanidad típica de las adolescentes. Como ya le dije que no nos meteríamos en el tumulto por nada de este mundo, y en eso me mantuve firme, accedí a su segunda insistencia para compensar, ya que me gusta complacerla en lo posible.
Conque nos fuimos hasta el límite de la provincia, nos apostamos convenientemente y, cuando empezó a espesarse el escuadrón bizarro y valiente de los moteros que regresaban del Gran Premio, nos pusimos en contraria marcha, parsimoniosa y aristocrática, un punto de picardía victoriosa en sus contoneos.
El asfalto queda un poco rayado; mi brazo, con la rigidez de la escayola que no tiene.
Volvimos envueltos en un aura de calor triunfal, a tiempo de ver a los melancólicos moteros postreros, que merodean todavía por la zona, sin querer despedirse del todo de esta tierra guapa, hasta el año que viene.
Comenzó a reflexionar (tiene a veces veleidades filosóficas) sobre el fugaz paso del tiempo. No se lo consentí. Le dije: “Con tus hechuras voluptuosas y tu tono azul, único, afirmo que eras la más bonita del baile”.
Se vino arriba enseguida y ya sonreía abiertamente cuando la dejé en el garaje. A dormir.        

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