miércoles, 23 de abril de 2014

Y hoy, el detalle



Que parece que sí quiere Dios.
Con la no mucha frecuencia que consentían sus bolsillos, más magros que otra cosa, los dos Rodrigos iban a merendar, grandes aficionados a la repostería, en el establecimiento, entre romántico y tierno, de una joven señora chilena, preciosa de volúmenes y de andares, que con su peculiar acento, quizá un punto empalagoso, los atendía y les daba algo de distraída conversación, salón de té/confitería, bajo los conocidos soportales de piedra y tiempo.
Se ve que cierta afinidad en el compartido origen ultramarino (el colega era ecuatoriano), y que la mujer debió valorar la apostura de nadador atlético del violonchelista, los fue llevando con suavidad a ambos a un enamoramiento que en pocos lances cundió en pasión volcánica, desatada e incendiaria.
Él, contemplativo, respetuoso, dejó sitio a los enamorados y fue raleando su asistencia.
Cuando el curso terminó, el ecuatoriano tuvo que regresar a su tierra. El que ahora recuerda, a la suya, un mes más tarde, durante el cual mantuvo con la señora chilena la más escrupulosa y correcta relación residual de amistad.
Ahora aterriza en el presente; guarda las limas, el hule a cuadros de los deberes de su hija niña, recuperado estos días. Desconoce qué habrá sido de aquellos enamorados.
La gran lima es el tiempo.  

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