miércoles, 2 de abril de 2014

Un singular palacio



Cercano a la Tacita de Plata (denominación algo cursi pero mona), se alza junto al Océano Atlántico (¿ahí, cuál otro podría ser ahí?) el llamado Palacio de la Seta.
Conspicuos investigadores y estudiosos del hermetismo atribuyen su estilo modernista, pleno de símbolos y de belleza, a un epígono de Gaudí que, alentado por algún prestigioso escritor y otro no menos laureado pintor de hermosísimas y misteriosas mujeres, habría salido de Cataluña para evitar la poderosa sombra del maestro, estableciéndose por el sur andaluz en la segunda década del siglo XX.
De la labor, ardua y aún no bien clasificada, del independizado discípulo, habría quedado entre otros vestigios menores el mencionado palacio, de fantásticos volúmenes, estructura considerablemente audaz, y no escaso tamaño. La vistosidad y variedad de los materiales empleados, el colorido, las diferentes texturas y muy minuciosos relieves hacen del Palacio de la Seta, armonioso y suntuoso al tiempo,  destacado lugar de encuentro de numerosos visitantes y cita obligada para los arquitectos de más nombradía, así como espuela de la imaginación y deleite para la vista de cuantos acuden al lugar.
Según en qué jornadas, el interior del edificio (del que, para no pecar de parciales, admitiremos que quizá incorpore algo de sombría humedad) exhala un secreto aroma con dejos de moho que le confieren peculiar carácter.
Se han dado casos de personas de fino olfato que han llegado a identificar dicho olor en prendas de vestir que viajaron a 700 Kms. de distancia, procedentes, las prendas, no los kilómetros, del vestuario del primer dueño del palacio, señor de diversos títulos de nobleza y personaje algo misántropo, dado a literaturas y a las más recias añadas de los olorosos de la región.
De su curiosa y poco investigada biografía, se señalan ciertas discretas querencias musicales y amatorias y, de su figura, la prominente panza que, en sus años de madurez, le asemejaba en los pausados desplazamientos al oso Balú, otros dicen que más a Yogui, sobre este debate hay los más inverosímiles pronunciamientos, y en el Ateneo ya se han producido altercados de significación entre los opuestos paladines de una y otra comparación, quienes, con denuedo de enconados púgiles, argumentan sus respectivos y encontrados pareceres.   

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