lunes, 28 de abril de 2014

Tecnologías



Entre la adquisición y el demorado y dificultoso estreno o puesta en marcha, un año mal contado hará que dispongo de una mirilla (quizá no llega siquiera a ventana) entreabierta al infinito de Internet. La llamo “el Plegablito”.
La tecnología. O sea, los abismos siderales, la biblioteca de Babel.
Cuando he utilizado la lavadora esta mañana, me volvió el recuerdo de las BRU, veteranas precursoras, de dos palometas orientables cuya fricción contra la ropa, que hacía girar el tambor del fondo, efectuaba, agua y jabón por medio, el milagro. Algún contemporáneo se acordará.
El mundo y nuestras vidas han cambiado a velocidad extraordinaria y nadie habría imaginado cuánto y cómo, cuando, en la inauguración del Orient Express, Edmond About se admiraba porque aquel tren fabuloso y legendario tenía tan buena refrigeración que se podía disponer de mantequilla de Normandía durante todo el trayecto.
Compañía Internacional de los Coches-Cama y de los Grandes Expresos Europeos.
Ahora andamos en el Alvia, el Ave y así, cuyas estéticas no permiten escribir con arte e inspiración “el negro cilindro de tu cuerpo, el oro de tus cobres, la plata de tus aceros”.
Clasicón pero no ingrato, el Hipocampo reconoce que el Plegablito es, a su manera, la pequeña y listísima caja de resonancia de la que van saliendo variadas reflexiones como ésta, ligera y alejada del compromiso.

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