martes, 8 de abril de 2014

Hay que dejar atrás



al dos plazas germano que posa absorto en el jardín su insegura convalecencia. Cruzar la acera y atravesar el “green” (¿no te digo?) comunitario por una de las veredas trazadas al efecto.
La luz eléctrica de los faroles ya queda a nuestra espalda; de ese modo estorbará menos, porque ahora ya estamos cerca, apenas unas dunas y ahí… se extiende la doble hermosura inmensa que nos va a llenar el ánimo, los ojos, los oídos, para que por unos minutos podamos anular, o al menos poner sordina, a los problemas familiares, las asperezas de la convivencia, los agobios del dinero, de la salud, del trabajo, de la odiosa y venenosa política…
Hay que dejar atrás algunas cosas. Y sentir.
Uno quisiera (en su absurdo empeño de contarlo todo, de describir – escribir – lo todo) tener palabras mejores, nuevas, suficientes.
Y sabe que no va a poder ser.
Así que imagínense Vuesas Mercedes. (Por cierto, ayer, la insensible ignorancia mecánica, el estúpido atrevimiento prepotente de las tecnologías me cambiaron una mayúscula a traición y, por mi parte, descuidé un instante la vista de lince, quedando, qué escozor, un mercedes con una minúscula inicial escasa de respeto. No he podido dormir)
Hay que dejar atrás también las digresiones.
Que la doble hermosura nos limpie y nos inunde: arriba, la luna y las estrellas con sus guiños en apariencia inmóviles, sobre el azul más guapo que se pueda soñar; abajo, la sonoridad bellísima y solemne de este océano que me tiene como “enamorao”.
Vaya por Dios.

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