miércoles, 26 de marzo de 2014

¿Soy el único que quiere menos ruido y más nueces?



Con los más variados motivos, y ahora hemos tenido uno, surge una atronadora oleada de ponderaciones, satisfacciones, felicitaciones y todo tipo de parabienes admirativos con el asunto aquel de la Transición.
¿Tan estupenda y difícil fue?
El gobierno del Generalísimo produjo, entre otras cosas, un considerable desarrollo material de la sociedad española que a nadie convenía poner seriamente en peligro. Y para retomar el conflictivo hilo previo, había pasado además mucho tiempo, décadas de una continuidad que no iba exenta de comodidades, aun discutidas por los descontentos, hay de todo, claro.
Así que la opción fue la Transición. Vale que la gestionaron políticos a los que el propio Caudillo había mantenido desentrenados. Si tenemos en cuenta este detalle, cumplieron, y porque también les iba en ello su posición, su futuro, su posibilidad de heredar el manejo de la finca. Que así mismo lo vieron otros poderes, el dinero, incluso la Iglesia y el Ejército, aun con sus reticencias y reservas, etc.
También se portó el Rey, eligiendo acentuar la elasticidad dentro de que ya estaba designado desde antes.
Y la gente. La gente, los ciudadanos, brindando un formidable ambiente de apoyo, colaboración, laboriosidad cotidiana, cosas de esas que siempre aportan las personas normales, ocupadas en sus trabajos y en sus familias. Gente que, contra viento y marea, que ya es decir, se ilusiona y confía y espera.
Conque la Transición. Sin alharacas, ¿de verdad cabía otra cosa en el último tramo del siglo XX? Toda esa etapa fue dura y sembrada de obstáculos, pero me suena que no teníamos mucho donde elegir.
Y si observamos algunos resultados (las autonomías, los despilfarros e injusticias, la deslealtad de las regiones centrífugas, el horroroso y repugnante espectáculo de la policía, a la que dejan acorralada y a merced de los vándalos la hipócrita pusilanimidad y la inoperancia de la interesada corrección política y los pañitos calientes, el zarandeo frecuente que vivimos), si observamos tales resultados, puede que convenga rebajar el nivel de los vítores, el pecho henchido, una parte al menos de tanta pueril y descomedida ufanía.   

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