domingo, 16 de marzo de 2014

¿Cómo?



No quiero alarmaros, no quiero embaucaros. Prefiero que, de uno en uno, os dejéis llevar por vuestros propios espejismos, antojos, querencias, mínimas aficiones, vocaciones exaltadas.
Pero quizá puedo manifestar aquí que, cuando me observáis inclinado de manera algo insistente a la gastronomía (enésimo pecado capital, pariente oblicuo y diplomático de la gula), no es fácil asumir la pasión egipcia, el carro arrebatador de Elías, el eterno retorno que Zaratustra y otros pregonaron, incluso con discreción y con intérpretes interpuestos, que pueden a uno conducirlo, sea con docilidad o con desbordado entusiasmo, a volverse resueltamente el impasible devorador de croquetas de mejillón tigre.
Y no digo más, ¡oh, vosotros, jinetes involuntarios del potro desenfrenado del Destino, criaturas inefables de las profundidades abisales, transparentes y multiformes cual seres ambiguos que la pleamar acerca a nuestras costas como maravillosos y deslumbrantes alienígenas, pólenes mecidos por el viento, versos alejandrinos, oh, vosotros, sutiles y delicadas criaturas que se deslizan jugando por la espiral, el tobogán, la noria, la cornucopia sin fin de las mágicas palabras eufónicas!   

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