miércoles, 12 de febrero de 2014

Lo oblicuo del lenguaje



¿Qué discrepancia vital, qué sospechable exceso de insomne ambición, de “estrés”, vaya, ansioso, te difiere de mí al punto que, con menos, mucha menos edad de la que yo soporto, años ha que tus tupidas y pensativas cejas encanecieron, tal como dicen que ocurre con los padecimientos que hacen brotar las canas en una sola noche, y eso se ha visto en las vísperas que preceden a la ejecución de la condena a muerte de algunos presidiarios? (Albertito, dime tú.)
¿Qué coincidencia nos lleva a usar la sortija en el meñique, tú y él acaso por un designio de elegancia viejo estilo, o de distinción nobiliaria y heráldica? (Sire y Carletes, decidme vosotros); ¿yo, por el simple resultado de que algún kilo de más y la artrosis me han obligado a desplazar la mía (a la sortija me refiero) desde los originales y previos anulares a las residuales falanges, falanginas, etc. del lateral extremo (parece jerga de fútbol) de la mano? (Estás hablando solo, como los locos.)
Reparo en lo oblicuo, lo abstruso, fíjate, Almendrita, del lenguaje.
“No estamos solos, que sabemos lo que queremos”, Ketama dixit. ¿Lo sabemos?
Quizá delante del ancho mar.

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