martes, 18 de febrero de 2014

Ensayo sobre la ceja



(Y no la ceja idiota que pensáis.)
Sino una, izquierda, a modo de una marquesina de hotel decimonónico en Venecia o Montecarlo, o bien, voladizo de añeja y veterana casa también saliente, y aun vertiginosa, colgada, de Cuenca.
Ceja eminente, mismamente, entre Robert Morley, Hugh Griffith, incluso Akim Tamiroff, como visera de casco medieval o, a veces, de motero contemporáneo; ros de reglamento, correspondiente de contralmirante o casi. Como tiara bizantina que, a los siglos, derivase en inspiración para la peculiar y personal gorra militar de Hitler.
Ceja como paraguas y hasta palanquín que protegiera del sol al enviado que, de parte de Su Santidad el Papa de Roma, pretendía dirimir con justicia el conflicto de intereses envenenados que los grandes señores acriollados de España y Portugal planteaban en tierras iberoamericanas: cuando las Misiones que la Compañía de Jesús fundó como vanguardia de un experimento, de una evolución, de una utopía sensible e inteligente que, al cabo, se vería frustrada  por la avidez depredadora, la mediocridad y la mezquindad, siempre poderosas.
La ceja. La izquierda, con perdón.
La casi fantástica proyección, habitual de Calatrava, aunque no, como en su caso, abocada a la ruina, el descrédito y la decepción calamitosísima.

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