sábado, 1 de febrero de 2014

El despelote



Se critica la economía sumergida.
Pero, padeciendo el descomunal expolio al que nos somete Hacienda y viendo cómo se malgastan y malversan los dineros recaudados, cualquier exigencia por parte de los gobiernos de “conciencia ciudadana” para con el fisco es mera desfachatez e irritante hipocresía.
Nos tienen acribillados a impuestos.
Porque hay que recaudar mucho dinero para pagar los gastos.
Los gastos astronómicos y manirrotos de un Estado que no para de hacerlos crecer.
El “bienestar” y el troceado autonómico están saliendo carísimos, sobre todo por la golfería y la falta de escrúpulos de los administradores.
Y hay gastos necesarios y otros, demasiados, que no lo son. Pues bien, al socaire de todos ellos, los presupuestos se inflan y, en un porcentaje peligrosísimo, los fondos se van a bolsillos particulares, lejos, muy lejos del bien/”bienestar” común.
Más dinero, más madera.
Prolongar la locura requiere comprar (pongan Uds. el infinitivo que se les antoje) mayorías, apoyos cómplices, adhesiones. Ahí va la legión infinita de las instituciones públicas y parásitas, a rebosar de funcionarios, de enchufados, de parientes, de asesores que (cualquier cosa, antes que perder la seguridad, a veces mezquina, del “puesto de trabajo”) terminan por defender su nómina bajo la teatrera cobertura de las solemnes pancartas solidarias.
Ahí van los despilfarros, las corrupciones, el mangoneo de los dineros.
Más dinero, más madera.
La literatura española tiene a Rinconete y Cortadillo, al Buscón, a Guzmán de Alfarache y otros famosos, paradigmáticos pícaros. No saquen pecho los “diferentes”, los “superiores” que, al cabo, vienen siendo los más pringados. En todas las regiones (que ahora se titulan autonomías, con vanidad ridícula y temerariamente ruinosa) tenemos pícaros y sinvergüenzas, se predique en castellano o en cualquiera de las otras lenguas también españolas, más o menos vernáculas, derivadas, dialectales o rabiosamente (es decir, con rabia) “únicas, singulares y originales” en sus auténticos o presuntos orígenes heráldicos.
¿Tendrá algún día arreglo este infame despelote?
Y, a propósito de despelotes, yo también tengo una bata blanca que, disparando por elevación, me sirve como delantal absoluto en mis menesteres de humilde cocinero doméstico.
Igual os mando una foto, cualquier día.

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