domingo, 16 de febrero de 2014

Como otras veces



Estaba empezando la temporada. Pronto, los veraneantes invadirían la zona; de hecho, los más impacientes ya iban dejándose ver, con sus gorritas y atuendos postizos de deportistas transitorios y a veces patéticos. En fin, un año más.
Y el último no había sido bueno: problemas de dinero, el trabajo perdido, las deudas, apretando. Las discusiones furiosas con la “ex”, flecos del divorcio inacabable.
“Y menos mal – pensaba – que no hubo hijos”.
Cada vez salía menos, dejó de tratar con amigos y fue abstrayéndose en lecturas serias, en tratados abstrusos de temas dispares y áridos que versaban principalmente sobre las dos guerras que asolaron Europa, y lo demás, durante el siglo XX.
Se aficionó a las películas de Tarantino.
Y una tarde, se asomó a la terraza y, en dirección a la playa, ajustó la mira telescópica del rifle. Había dos personas, dos desconocidos, paseando.
¿Se nubló su vista? El pulso, desde luego, ya no le temblaba como otras veces.

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