martes, 28 de enero de 2014

El mundo es un pañuelo



Habibi.
La primera noticia que tuve de él me la proporcionó Budaudi, a quien conocí durante el servicio militar, entonces obligatorio, que nos hizo coincidir en el Cuartel de Instrucción de Marinería de San Fernando, Cádiz.
Me habló entonces de Habibi, remoto pariente suyo y emprendedor comerciante, de antiquísima familia nómada que, siglos atrás, se estableció en la antigua Constantinopla para luego ocupar de forma continuada espacios en el Gran Bazar que fundara Mehmed II, y que originaron (orfebrería, alfombras) una dilatada y duradera fortuna.
Descendiente cosmopolita y lejanísimo de aquella acreditada gente (que, lo que ahora parece increíble, conoció las dunas implacables al sol de los desiertos, en sus caravanas viajeras, y las estrellas innumerables de sus noches de ensueño), Habibi lleva varios años instalado en España, donde es propietario de una “boutique” de extraordinario éxito que cuenta con dos sucursales, en Ibiza y Torremolinos respectivamente, especializadas en la venta de “burkas” de diseño, prendas masivamente solicitadas por lugareñas y visitantes internacionales.
A través del “Internete”, Habibi, conocedor de mi coincidencia antañona con Budaudi, amablemente me ha informado del nombre que recibe la pañoleta palestina que cité, pocos días atrás: Al – Hatta o Kefia.
También ha causado mi asombro saber que unos primos suyos de igual nombre, Habibis, regentan un taller de mecánica y electricidad del automóvil en una ciudad cercana a Madrid.
Habibi, qué moro tan “salao”, decían, creo, las huestes ilustres de Joaquín, ínclito músico y sagaz maestro del sonido.

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