lunes, 4 de noviembre de 2013

Como dejo toda la noche funcionando el radiador, la sala no está fría



– Sí, es por ahí adelante, hacia la derecha.
Seguimos la indicación y lo encontramos. Bajo los árboles, era un merendero, una especie de ambigú convencional, estilo años cincuenta, con algunos veladores y detalles sueltos en una decoración que incluía cerámicas y celosías de madera pintada. Ya sentados, esperando que el camarero nos sirviese, comentamos lo chocante de que, llegado el buen tiempo, los mosquitos volvían incómodo disfrutar de una tarde en uno de esos sitios evocadores de otra época, zapatos en dos colores, otras ideologías.
Me contó que lo había visto a Gluck casualmente, con otros dos conocidos de la música, y
al cruzarse, tras una momentánea vacilación, inquirió:
– ¿Te acuerdas de mí?    
– Sí, claro, eres Raúl, coincidimos muchas veces en los estudios de grabación.
Después de los saludos, mientras se inclinaban para salir de los cobertizos cuya puerta desentablada tenía el estorbo de alguna telaraña, le preguntó por Cristina, sabiendo de antemano lo de su matrimonio roto. Con cierta desconfianza, Gluck le había dado un par de detalles al respecto y, como sin darle importancia, a su vez quiso saber si todavía se frecuentaban ellos dos. 
 – No, nos vemos muy rara ocasión. De la pandilla de entonces, todos tiramos para diferentes lados, no nos comunicamos casi nunca, ya sabes, la vida.
Se dio cuenta de lo trillado de los comentarios, de lo usual de la situación.
Más tarde, en el gabinete, encontró a los colaboradores en plena fase de conseguir el peluche. Con sus observaciones lo lograron por fin: era una suerte de osito de más o menos treinta centímetros de alto, color canela, pelo corto, suave y algo brillante que, una vez terminado, se acomodó solo enseguida, con una especial facilidad de movimiento, haciendo con las patas delanteras una a modo de almohada en la que pronto dormitaba.
Retocaron la disposición de los rótulos en la carpeta. Raúl señaló los nuevos espacios y, con exactitud profesional, Tony resolvió la propuesta.
– Estupendo, Antonio.
(Siempre prefería llamarlo así, con esas resonancias romanas en el nombre; también a Gus le decía Octavio.) 
Después continuaron con la música. Sobre la superficie gris (panel, mesa de dibujo, opaco plasma de fieltro, plano apenas combado), con los guantes de fibra polar todavía puestos, pulsó, por así decirlo, las posiciones de los acordes cuya cadencia iba tomando cuerpo, a medida que seguía la pausada evolución de la línea melódica.
No tardaron en tener la idea completa.

Yo desperté a las seis, con una casi imperceptible picadura de insecto en el pulgar de mi mano izquierda, con dolor de cabeza por los tequilas de anoche, con la vaga, indecisa urgencia de escribir y componer todo el asunto. Creo que llegaré a tiempo.

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