martes, 1 de octubre de 2013

El lío



Extraordinario, y previsible, lío a varias bandas:
Ya que veníamos frustrados, aburridos, insatisfechos, sometidos, etc. como resultado de la larga época del gobierno de Franco, fue cómodo y fácil vendernos la idea de la democracia, y más todavía la del estado autonómico, que muchos con solapado cálculo aceptaron y aplaudieron como tránsito o trampolín para ulteriores objetivos muy egoístas, nada solidarios.
No han pasado ni cuarenta años. Los impulsos de la insatisfacción ya ni parecen apenas maquillados con diferente moda, incluso para los listillos que han ido saliendo notoriamente gananciosos. Las promesas de acercar y mejorar los servicios al ciudadano, quizá se ha dicho antes, han sido con cinismo incumplidas en buen número, en tanto siguen subiendo como la espuma las ansias recaudadoras de las distintas “haciendas”. (Compárense los no discutibles pero relativos avances económicos y sociales con el brutal incremento de los impuestos y tasas de toda laya.)
La deseada descentralización, el traslado de poder han recorrido casi todo el itinerario previsto, aunque echando a perder los resultados, enquistándose en un remedo regional del “odioso” poder estatal, al que ahora sustituye el autonómico que, mientras administra y distribuye prebendas rara vez limpias, tapona en parte el flujo hacia los ayuntamientos, que también han demostrado lo suyo de sobra, perverso fenómeno que ya comentara con gran sensatez don Francisco Vázquez entre otros, muy pocos, que hablar claro y desinteresado es condición escasa entre políticos.
El Estado, enflaquecido y menoscabado, con las orejas gachas por sus “condenables pecados históricos”, no da abasto para contentar las demandas, a menudo más abusivas que justificadas, de los que siempre se dedican a la protesta. Se nos cae la casa, en medio de desentendimientos o complicidades que llegan a la demagogia de negar el puñado de verdades que muy pocos repiten sin desmayo, por encima del mezquino regateo, de las descalificaciones de los que se agarran al fácil clavo ardiendo de las formas, cuando el fondo es tan grave como urgente.
El coro centrífugo crece, ignorante o despreciador de que no es la desunión lo que hace la fuerza; las incomprensiones y antagonismos entre los ciudadanos, por lo visto rebaño fácil de embaucar y/o azuzar, vienen siendo en gran medida fabricados y fomentados desde cero o poco más, y con la metódica e incansable insistencia tienen a estas alturas cuerpo y peso considerables...

Con estas coartadas y las peligrosas recetas del salvajismo económico, no es raro que lo que queda del Estado (gobiernos del signo que sea) haga dejación sistemática de responsabilidades, no mediando con frecuencia en los conflictos, no mojándose, no arbitrando soluciones con equilibrio y prudente diligencia, consintiendo que “cada palo aguante su vela”, so pretexto de unos melindrosos escrúpulos no intervencionistas (y casualmente cómodos desde el punto de vista electoral) que no dan otros frutos que la indefensión del ciudadano corriente y el creciente desafuero de que “el pez grande se coma al chico”.

¿Es así la democracia que queríamos y nos prometieron?

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