domingo, 22 de septiembre de 2013

Sol de oro sobre horizonte rosa

Claro que era difícil, tan guapos y brillantes, machitos deslumbrantes que os cautivaron con inconsciencia relativa y a los que habéis querido sujetar con metódica insistencia.

Claro que era difícil, caballistas, toreros, actores, deportistas, incluso innobles chulos de Centroeuropa o el Caribe, bizarros dioses de apolínea apostura, el pelo corto o, desde luego, nunca muy largo, aunque demasiada testosterona, cuerpos aproximadamente danone, semblantes bien trazados a más no poder, modales de lujo, o de bisutería, una pizca de metrosexualismo, Dios nos libre, muy casual wear o, por el contrario, trajes de buen corte, corbatas de seda natural, camisas con doble puño para los elegantes gemelos (también se dice pasadores o, en Colombia, mancornas), cuello de pie alto y puntas separadas, incluso cierta cuenta corriente aunque eso puede obviarse, bla, bla, bla, ya te digo.

Al final, o por enmedio, se os tuerce el juego, queridas Laritas, Anitas, Eugenias, Genovevas, las que seáis, porque el cometa de relumbrón es astro de paso, y de raudo paso, y no termina de someterse al designio tibio y rutinario, a la dócil mansedumbre de  semental controlado y en exclusiva; no termina de acomodarse a la condición de trofeo cuya cobrada testuz en el salón (cortinas y tapicería a juego) exhibís, diciendo por activa o por pasiva “Sí, al final me lo quedé yo”.

Es lo que acontece cuando queremos cosas diferentes, cuando los antojos divergen y los espejismos se delatan y nos imponen la certidumbre de que cuadratura del círculo, para nada, monas.

Una artista que más o menos llegué a conocer y que, a su manera, es otro virago irreductible, me lo decía  por teléfono en cierta ocasión, deslizándose, con la inconstante trivialidad de las féminas, desde un evaporado y disperso intento de metafísica explicación hasta el relato disney de las anécdotas y minúsculos acontecimientos que concernían al fruto inevitable de su vientre, siempre el vientre de por medio, claro, tratándose de ellas.

Yo sigo tejiendo mi tela como la mujer de Ulises y, como éste, le echo paciencia a la espera en los alrededores del palacio.

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