domingo, 8 de septiembre de 2013

Sarna con gusto

Refraneros que somos.
La expresión en los rostros, los gestos, las actitudes, que tienen algo de atletas, de héroes, de santos iluminados, de concentrada reflexión o de arrebatada excitación acerca de los breves minutos que enseguida vivirán; o en los que remotamente alguno morirá (de ahí, la verdad del riesgo), aunque la posibilidad sea sólo aritmética, como la lotería, o menos, porque ésta suele tocar a alguien siempre, mientras que lo otro, la muerte en esa coyuntura, parece ser que, estadística en mano, rara vez se presenta.
Entre el atavismo y la adrenalina, ahí van los mozos (casi ninguna moza: ¿dónde se esconden en ese instante las feministas, tan igualitarias, tan competitivas, tan reinas de los mares con su sectario protagonismo a cuestas?), en muy tumultuoso, turbulento, temerario tropel, esto es el hábito de la aliteración, Uds. perdonen, rodeando, sumergiendo en su febril marea apasionada, en su alcohol enardecido, las astas enhiestas que pueden empitonarlos, los lomos poderosos, calientes, el ruido de las duras pezuñas, el fragor de la carrera, los resbalones, los tropiezos, el olor salvaje de los mezclados sudores de fieras y hombres...
San Fermín en Pamplona, que ya tenemos de otras ocasiones comentado y observado con asombro, vuelve a mostrar cada año el encierro con los Miura, los Victorinos, etc. No discuto que haya fascinación y valentía en la barbarie; magnético morbo, en ese voluntario flirteo con la posibilidad de adelantar el encuentro con la que nunca, al cabo, nos dejará tirados.
Sarna con gusto, ya lo decíamos.

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